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Políticas Sociales

 

El Herrerismo y las Políticas Sociales

 Diagnósticos y alternativas de política.

Dimensiones del diagnóstico y alternativas de política.

Un rasgo compartido por la mayoría de los países de América Latina en la década de los noventa ha sido la disminución de la pobreza, como consecuencia del retorno y aceleración del crecimiento económico y de una nueva generación de políticas sociales: en efecto, los hogares en situación de pobreza descendieron del 41% al 36%, más o menos el nivel previo a los ochenta. La población pobre en la región asciende a 200 millones de personas.

La pobreza extrema o indigencia también habría descendido del 18% al 15%. Un 10% de la población urbana del continente estaría en esta situación (unos 90 millones de personas).

El desempeño de los países en esta materia durante el decenio no fue homogéneo: algunos países pueden exhibir ciertos éxitos relativos, mientras que otros muestran perfomances negativas o la ausencia de mejoras. Uruguay se encuentra en la categoría de países que exhiben los menores niveles de pobreza urbana (inferiores al 20%) y a la vez, entre los que ha tenido éxito en sus políticas de reducción de la misma.

(Cepal, 1998, Panorama Social de América Latina: 37,38,39).

En efecto, el Uruguay ha venido reduciendo los niveles de pobreza desde 1985, en base a dos mecanismos principales: la relativa mejora en la pauta de distribución del ingreso y al mantenimiento de relativamente altos niveles de gasto social, incluso en un contexto de moderado crecimiento productivo.

Un conjunto de indicadores permite confirmar ese proceso entre 1985 y 1995: un aumento considerable de los propietarios de viviendas (del 57 al 63%); acceso a las redes de agua potable (80 a 86% de las viviendas); los hogares que poseen al menos un vehículo particular son la cuarta parte, con un incremento en la década de más del 40%. La posesión de refrigeradores o freezer alcanzaba en 1996 al 90% de la población y de televisión color al 77% (Naciones Unidas, Uruguay, 1998: Uruguay Perfil de País).

Uruguay poseía al comenzar la década de los noventa un promedio de gasto social per cápita de nivel relativamente alto en la región, de unos 463 dólares, mientras que sólo en 1994, había llegado a 625 dólares.

El gasto social como porcentaje del PBI hacia 1990 era del 15%, mientras que en 1994-95  alcanzaba al 17%. El gasto social como porcentaje del gasto público total se sitúa en niveles significativos: del 53% en 1990-91 pasó al 60,4% en 1994-95.

La concentración del ingreso es una de las más bajas de la región; medida como la relación entre el porcentaje de ingresos del 25% más rico y el 10% más pobre se situaba en 1994 en 12,3. (Cepal: Panorama Social de América Latina 1996, citado por Naciones Unidas, Uruguay, perfil de País, 1998: 229). No obstante ello, la concentración del ingreso era mayor en Montevideo.

Los hogares con ingresos insuficientes (ingresos que no les permiten acceder a una canasta básica de consumo se redujo del 12% en 1990 al 6% en 1994, mientras que el índice de extrema pobreza se redujo del 2 al 1% de los hogares.

Desde el punto de vista de las necesidades básicas insatisfechas, se analiza las “características estructurales de los hogares” en términos del acceso al “conjunto de requerimientos psicofísicos y culturales cuyas satisfacción constituye una condición mínima necesaria para el funcionamiento y desarrollo de la vida humana en sociedad”. El Indice de NBI se redujo en Montevideo entre 1984-94: si a comienzos de ese decenio (1984) al menos el 10,4% de los hogares poseía un indicador de criticidad en alguna de las dimensiones del Indice, en 1995, sólo el 5.6% de los hogares presentaba alguna necesidad básica insatisfecha. En el Interior urbano, la reducción fue mucho mayor: del 22,5 al 9% de los hogares en el período. Al comienzo del decenio “el hacinamiento y la carencia de conexión a redes generales de provisión de agua potable eran los aspectos que registraban los valores más altos de criticidad”. A partir de 1993 desaparece el acceso al agua potable como indicador (0,1% de los hogares en Montevideo), aunque persisten el hacinamiento y el tipo de vivienda como indicadores más importantes.

El porcentaje de hogares con carencias en hacinamiento eran en 1995 el 3,4 en Montevideo y el 5,5 en el Interior urbano, mientras que las hogares con carencias en cuanto al tipo de vivienda era el 2% en Montevideo y el 2,1% en el interior urbano.

Los hogares bajo la línea de pobreza en 1989 eran en Montevideo el 22,3%, el 15,9% en 1992 y sólo el 13% en 1994. Los hogares sobre la línea de pobreza evolucionaron entre 1989 del 78% al 87%.

El enfoque bidimensional de medición de la pobreza combina el abordaje de la misma desde los niveles de ingreso (línea de pobreza) y desde la satisfacción de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI). Surge así una tipología que va desde los hogares en condiciones de integración social, cuyo porcentaje en 1994 era elevado en la comparación regional: 77% de los hogares, hasta los hogares con pobreza crónica, es decir con ingresos por debajo de la línea de pobreza, combinados con carencias en el Indice NBI, los que descendieron del 9,8 al 6% entre 1989 y 1994.

En las posiciones intermedias de la tipología tenemos a los hogares con pobreza inercial (poseen carencias en el NBI pero cuyos ingresos superan la línea de pobreza) y los hogares con pobreza reciente, que poseen sus necesidades básicas satisfechas pero bajos niveles de ingreso cuyo porcentaje se reduce pero cuya proporción en el conjunto de los hogares es relativamente mayor en 1994 que en 1989.

La evolución social del país exhibe pues en los últimos años como aspecto sin duda relevante la progresiva reducción de la pobreza. Sin embargo, al elevarse los estándares de hogares en condiciones de integración social y las expectativas sociales de plena participación ciudadana y de acceso al consumo, el mantenimiento de situaciones de pobreza crónica e indigencia resultan relativamente menos tolerables que en el pasado, en términos valorativos.

Por otra parte, parecería que la vulnerabilidad de algunos hogares se ha acentuado. Esa vulnerabilidad social de algunos estratos populares urbanos, está sentando las bases de la marginalización de un sector de la sociedad uruguaya. Suele señalarse como ventajas del caso uruguayo que dicho proceso es todavía incipiente y que no ha derivado aun en la cristalización de verdaderas subculturas marginales. Una de las ventajas comparativas de la sociedad uruguaya sería su aun fuerte capital social, su radio de confianza social compartida y cierta capacidad de movilización política en torno del problema. El Prisma constituye precisamente eso: un esfuerzo orgánico para dar cuenta de la superación de los procesos de marginalidad, generando así las bases de una sociedad justa y posible.

Como se verá luego, el Programa Prisma se maneja con niveles de posible impacto, definiendo a la marginalidad social como integrada por un componente socioeconómico y otro de tipo sociocultural y valorativo. El componente socioeconómico opera como un indicador proxy de la condición de marginalidad y en esa medida el llamado “núcleo duro” de la pobreza (los hogares que integran la categoría de pobreza crónica) constituyen la principal población de referencia. Esa población está integrada por los hogares en situación de indigencia, que pasa del 1,9 % de los hogares en 1989, al 0,8% en 1994. En segundo lugar como población objetivo se asume alternativamente a los hogares bajo la línea de pobreza (12,8 en 1994) o con NBI (5.6%) pero que presentan, asociada a esa condición situaciones críticas en términos de marginalización cultural (toxicomanías, rasgos subculturales delictivos, ausencia de registro social de los menores, embarazo precoz, intensa segmentación geográfica o residencial, institucionalización forzosa en cárceles o asilos, etc.). La descripción más afinada de este tipo de situaciones requiere de más y mejor focalizada investigación social, necesidad que será asumida por la coordinación técnica del programa con vistas a superar la llamada invisibilidad estadística o incluso conceptual del problema de la marginalidad.

La sociedad uruguaya presenta problemas importantes de empleo y empleabilidad para algunos de sus sectores, a la vez que evidencia cambios profundos en las estructuras familiares. En esa doble orientación principal del cambio social urbano en el país (en el que se encuentran implicados, ante todo, la infancia y la juventud de los hogares pobres, así como los jóvenes jefes de hogar) se encuentra el núcleo del problema que se pretende atacar, a través de una intervención de políticas públicas seria, bien definida, de carácter integrado e integral, con la dosis de focalización necesaria y que incorpora innovaciones de diseño e implementación de las políticas.


Marco Institucional

 La Constitución vigente atribuye a la Oficina de a Planeamiento y Presupuesto responsabilidades de planificación económica y social; no obstante lo cual, a lo largo de la experiencia institucional la O.P.P. ha sido fundamentalmente una secretaría de planeamiento económico y financiero. En tal sentido, diversos informes auspiciados por el Programa de Inversión Social (1990-94) señalaron la importancia de conformar un marco institucional adecuado para las políticas sociales, que permitiera superar la fragmentación, superposición y compartimentación de las políticas públicas orientadas al sector social.

La Unidad de Políticas Sociales de la O.P.P. funcionó aparentemente en los años siguientes en la coordinación del Programa F.A.S., cuya estructura técnico-burocrática se sustenta fundamentalmente en la cooperación financiera internacional. De este modo, el país no ha orientado adecuadamente la cooperación del Banco Interamericano de Desarrollo con el país en el área de fortalecimiento de áreas sociales con vistas a la conformación de una unidad técnica nacional, provista de vínculos formales y bien establecidos con los organismos que conducen políticas sociales en el sector público. La débil legitimidad de un programa costoso y de dudoso impacto social no puede interpretarse precisamente como una contribución significativa a la institucionalidad de las políticas sociales. La OPP y el programa Fas no respondieron en su oportunidad al pedido de informes realizado por el diputado Gustavo Penadés. La falta de transparencia acerca de los objetivos, la operatoria y los impactos de la unidad de políticas sociales durante la actual administración debe ser señalada, como uno de los rasgos que la estrategia del Prisma excluirá expresamente.

La Convención del Partido Nacional asumió oportunamente importantes resoluciones atinentes a la reflexión sobre el rol del estado, y resolvió que, en la próxima administración, se establezca un marco de política definido para la formulación y gestión de las políticas sociales (Ministerio de Bienestar o Acción Social). En cualquier caso (ministerio, secretaría, o espacio institucional específico en el marco de la O.P.P) el compromiso del nacionalismo es dar concreción definitiva al diagnóstico no ejecutado acerca de la necesidad de un espacio institucional concreto y definido como ámbito de planeamiento, formulación, implementación, monitoreo y seguimiento de las políticas sociales. En este espacio deberá darse cabida también a dos funciones fundamentales de un esquema moderno de política social: un sistema de información social conectado al sistema estadístico nacional, que opere generando retroalimentación a la formulación de políticas y un modelo sólido de cooperación con el tercer sector, conformado por las organizaciones no gubernamentales e instituciones de la comunidad. Estas definiciones no son nuevas, sino el resultado de la experiencia desarrollada por la administración gubernamental presidida por el Dr. Luis A. Lacalle, que han tenido un bajísimo o nulo grado de implementación durante el quinquenio de la reciente administración colorada.

 



 

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Última modificación: 10 de Agosto de 1999